El estrés es una respuesta biológica diseñada para ayudarnos a adaptarnos. El problema aparece cuando se mantiene en el tiempo. En situaciones de estrés crónico, nuestro organismo libera de forma sostenida cortisol, la conocida “hormona del estrés”. El exceso de cortisol provoca una serie de cambios fisiológicos que impactan directamente en la piel:
- Aumenta la inflamación.
- Se incrementa la producción de radicales libres.
- Disminuye la capacidad de regeneración celular.
- Se altera la microbiota cutánea.
- Se debilita la función barrera.
Como consecuencia, la piel puede volverse más sensible, reactiva y propensa a rojeces, eccemas o dermatitis.
También es frecuente la aparición de brotes de acné en la edad adulta o el empeoramiento de patologías inflamatorias como la psoriasis.